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Tiempo de hablar del futuro 

En esta época de fiestas decembrinas y de fin de año, es posible leer y escuchar muy seguido la palabra futuro. En las calles, en las redes sociales, en la prensa; en publicidades, en canciones, en especial después del primer año de gobierno de la 4T, hablamos sobre el futuro del país, el futuro del trabajo, el futuro del planeta, el futuro de la educación, el futuro de la economía con la firma del tratado de libre comercio, los mercados de futuros, y escuchamos frases como “el futuro es hoy” o el “futuro ya llegó”. 

Pero también se dice, en las calles, en las redes sociales, en los periódicos, en grafitis callejeros y en canciones que no hay futuro. Esta situación contradictoria, de pesadumbre por la situación económica, política y social, vivimos una coyuntura histórica llena de ansiedades e incertidumbres respecto al futuro. 

Antes, en los años 80, la palabra futuro tenía una connotación positiva. Ahora se escucha, con frecuencia, decir que no hay futuro, que ya no se puede imaginar el futuro excepto como aniquilamiento, o que vivimos en un presente eterno que nos condena a la repetición sin diferencia de un tiempo muy homogéneo. 

En la última década, los apocalipsismos se han ido manifestando con consideraciones catastróficas del porvenir. Por ejemplo, las advertencias sobre el cambio climático y las alertas sobre los riesgos que corre la vida humana y, más en general, la posibilidad de la vida en este planeta castigado y explotado. Están también las innovaciones tecnológicas, que oscilan entre experimentaciones y escenarios como la dronización de la guerra, el dominio biométrico de los individuos, y la gestión capitalista de la vida, que generan pronósticos oscuros. 

Pero hablar y escribir del futuro supone que el mundo existe y seguirá existiendo. Incluso hoy, cuando numerosos fenómenos socioambientales, tecnológicos y sociales nos inclinan a visiones escatológicas, seguimos viviendo bajo la hipótesis sensible de que el mundo continuará existiendo. Al menos hasta dentro de un rato, hasta mañana, hasta el año próximo. 

Pensemos que todos los días, en algún lugar del planeta, se desarrolla una mesa de debate, un programa de investigación, un taller, o se escribe un documento de trabajo, se filma una película, se boceta el guion de una serie y se mantienen millones de diálogos y conversaciones callejeras que tematizan, problematizan o buscan incidir y anticipar lo que vendrá. El futuro como materia prima. 

Otro de los temas de futuro que preocupan es el transhumanismo, o simplemente h+, como un movimiento intelectual que cuestiona los límites naturales de la humanidad y promueve diferentes maneras de superarlos por medio de la tecnología. Tipología que encierra tres elementos distintivos del transhumanismo: la comprensión del ser vivo como un dispositivo, la superación tecnológica del ser humano y la autodeterminación total del sujeto. 

Esta palabra ya figura en el artículo Del prehumano al ultrahumano, publicado por el paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin en 1951, que traza la futura evolución de la humanidad hasta alcanzar un estado transhumano. El evolucionismo de Teilhard incluía variables tecnológicas como una red que permita la sintonización directa entre cerebros, y está inscrita en un finalismo en última instancia, que confía toda trascendencia a Dios. 

El postulado de que un futuro mejor es posible, proviene de la antropología cristiana. Apuntalada en el nacimiento de un niño, Dios y hombre a la vez, cuyo destino es la salvación de la humanidad. El futuro que anhelamos se parece más a lo que inspiran las nubes en movimiento que a la sensación de perennidad y fijeza que nos transmite el azul del cielo. 

oceaoazul@live.com.mx

jl/I