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De la gestión pública al proselitismo político

El tránsito por la administración pública, definitivamente, constituye un ejercicio de desgaste en la medida en que, justamente, la administración implica una zona de gestión ante diversos segmentos de la ciudadanía que tienen requerimientos diferentes, y cuya resolución necesita una organización que responda en tiempo y en forma a las peticiones que se hacen. Se requiere, pues, de la utilización de las estructuras institucionalizadas que permiten un ejercicio organizado y planificado de gestión y solución pública. Así pues, se trata de trabajo gubernamental y no solamente de administración de programas asistenciales. 

A tres años de gobierno, aunque hay prácticamente un semestre más de ejercicio no formal de la administración federal, no se alcanza a comprender el sentido de la planeación y el diseño institucional en los casos federal y local. A tres años de la transformación y de la refundación, no hay líneas que permitan comprender la lógica; debe existir alguna que explique los pasos que se han seguido para el desarrollo de un plan de gobierno, federal y local, a partir del cual se comprenda su perspectiva o al menos la gestión que están previstas para el funcionamiento de los aparatos de gobierno. Se trata pues de organización y planeación y no de ebulliciones circunstanciales. 

Los elementos que han logrado dibujarse en los espacios de gobierno son los de la promoción partidista y la gestión proselitista de amplio margen de intervención. 

Lo hemos señalado en otros momentos, el signo más evidente de las administraciones actuales ha sido la elección de 2024 sin el más mínimo rubor. Los rasgos más claros de gestión para este segundo tramo será la elección concurrente que incluirá Presidencia de la República y gubernatura del estado. 

Lo anterior no tendría nada de sorpresivo al tratarse, ciertamente, del juego político que alientan los regímenes democráticos para que la ciudadanía tenga opciones de representación en los diferentes niveles de gobierno. Sin embargo, el factor que no se observa con claridad en el trabajo de proyección es precisamente el de los partidos políticos. La gran pregunta es qué papel están desempeñando los partidos políticos en todo este proceso. La ausencia de intervención partidista ha generado una operación de grueso nivel por parte de los gobiernos que actúan como catapultas ideológicas que arrastran a los partidos, cuando debería ser precisamente al revés. 

La ausencia tangible del trabajo de organización y de proyección de los partidos en el poder y de oposición, se nulifica con la intervención de los gobiernos como motores organizadores de líneas ideológicas a las que, en algunos momentos, los partidos no terminan de comprender y, la mayoría, llegan tarde frente a las maniobras de los gobiernos. 

Signos inequívocos de esta discordancia lo representaron las elecciones de Ciudad de México, base trascendental del gobierno federal en turno y la extraordinaria de Tlaquepaque. En el primer caso, el aparente poderío de Morena se vio opacado por la pérdida de la mitad de las alcaldías que quedaron en manos de la oposición. En el caso de Tlaquepaque, centro estratégico, aparentemente, de Movimiento Ciudadano, terminaron con una escasa participación de 21 por ciento del padrón electoral, distribuida entre todos los partidos y con un raquítico triunfo de mayoría de apenas 5 mil votos. 

Lo que se puede anticipar es que la gestión pública pasará en los próximos tres años a un segundo plano, de forma contundente, y tendremos una fuerte gestión de proselitismo con miras a la importante elección concurrente de 2024, a la que, si bien les va, los partidos políticos estarán también invitados. 

armando.zacarias@csh.udg.mx

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