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Zócalo, el primer otoño del patriarca

Si la política es un concurso de popularidad es evidente que nadie le va a ganar a Andrés Manuel López Obrador, al menos en México. El presidente en funciones tiene dos enormes habilidades: sabe decir lo que el pueblo quiere bajo un discurso emocional y simple, y además conoce el enorme poder de los símbolos.

Pueblo es eje de la tradición populista: una masa informe y heterogénea que en el discurso se uniforma y se homogeniza, bajo algunos postulados muy simples que hacen que el individuo se sienta fácilmente identificado y esté dispuesto, primero, a avalar, y luego a colaborar, bajo contenidos fuertemente emocionales, cual sucede con los grandes imaginarios religiosos y políticos (a últimas fechas, deportivos), de la historia.

Un discurso gratificante que requiere señalar a los malos (el humano es un ser al que le gustan las ficciones, los cuentos) y de un soporte argumental en grandes valores que son abstracciones tan grandilocuentes que no se discuten (¿igual que los dogmas religiosos?), y no los insatisfactorios principios del estado de derecho y de la racionalidad económica de las democracias modernas. El resultado es una especie de revolución simbólica, eficaz en la medida en que los golpes de la realidad sean anulados o encauzados en el discurso (de ahí la eterna pertinencia del enemigo…).

El presidente se mueve como pez en el agua en el universo de lo simbólico: grita como no lo ha hecho en décadas ningún jefe del Ejecutivo. Los nombres de siempre, pero luego, las abstracciones que pueden tener cualquier contenido. Nadie estará en desacuerdo con el “viva la democracia”, pero ¿qué es la democracia para López Obrador? Y así podemos contrastar realidad contra discurso para encontrar qué es la paz, qué es la justicia, qué es la fraternidad.

Y cuando apela a cosas un poco más concretas se mete en problemas: ¿quién, fuera de sus seguidores, admitiría que López Obrador es el presidente que está con las “comunidades originarias” si de forma paralela atropella derechos para sacar adelante el tren maya, el corredor transístmico, la refinería de Dos Bocas? ¿Quién pensará en soberanía real cuando la política con la migración está dictada desde la Casa Blanca? Y así podemos irnos, ad nauseam. Pero el hombre religioso cree, y la razón profanadora, debe ser condenada al fuego, como los impíos.

El otro elemento inquietante es la puesta en escena: bajo la premisa de la austeridad y del rompimiento del viejo estilo de política zalamera y cortesana, el gobernante se desplaza solitario, con su esposa, por los pasillos de un palacio monumental. El mensaje: el presidente no responde a ningún interés ni necesita de nadie (aunque el embajador estadounidense rompa el encanto con unos tuits que demuestran lo que pasa adentro de la residencia, plagada de fifís invitados), sólo del pueblo, que lo vitorea en la enorme plaza, el Zócalo creado para los espectáculos del poder. Tenemos entonces un presidente sencillo y fuerte que está por encima de los otros poderes, de su propio gabinete y de los poderosos de este mundo.

Lo impresionante, hasta ahora, es que la realidad no parece hacer mella en la perfección del relato: se suspenden ceremonias en ocho estados del país por la violencia; la economía sigue sin recuperar la tendencia al crecimiento; el patrimonio natural colapsa, la impunidad reina, muchos mexicanos no ven llegar el reino de la prosperidad y sufren por las preocupaciones diarias de comer, de atender enfermedades, de educarse, de transportarse y de no ser asediados o atacados por otros mexicanos…

agustindelcastillo@gmail.com

JJ/I