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¿Qué falta? 

Hace una semana, la noticia del niño que hirió a varias personas de su escuela, mató a su maestra y luego se suicidó, en una escuela de Torreón, apachurró mi corazón. 

No pude más que imaginar, por un lado, el infierno por el que podría estar atravesando ese niño, de sólo 11 años, como para cometer tales actos. Por el otro, el desconcierto y el enorme dolor que seguro dejó en su familia su muerte y, finalmente, la conmoción que causó en el entorno: los allegados a la maestra asesinada, los familiares de los otros heridos (la mayoría, según se documentó en la prensa, también alumnos de este centro educativo) y hasta la misma sociedad. 

Son los especialistas quienes deben tener voz en casos tan graves y estremecedores como éste, pero a la vez es inevitable voltear alrededor, desde mi infinita ignorancia, y tratar de medio entender qué se debe conjugar para que un niño de 11 años tome las armas de su abuelo (ahora lo sabemos), las lleve a la escuela y abra fuego en contra de las personas que lo acompañan buena parte de sus días. 

Algunas veces lo he mencionado en este mismo espacio: mi mamá ha sido docente de primaria durante toda su vida profesional (que debe rondar 35 años). Trabaja en una institución privada de las muchas que hay en esta ciudad… y fue inevitable pensar en ella mientras leía el mar de datos que circuló enseguida de los hechos y que aún siguen saliendo conforme avanzan las investigaciones del caso. 

Desde que tengo uso de razón he conocido historias sumamente tristes de los alumnos de mi mamá o de sus compañeros docentes, en esa u otras escuelas. 

Historias de niños que no son escuchados ni atendidos, que son ignorados y menospreciados por su entorno e incluso hasta sus propios padres. 

Menores a quienes llevan a la escuela para tener que estar y lidiar menos tiempo con ellos. Papás o tutores que no se hacen responsables y se indignan cuando maestros, directores o psicólogos de la escuela les dicen que sus hijos están desatendidos, que ejercen violencia hacia sus compañeros u otros docentes; padres que se enojan porque, si el profesor reprende al niño, “ellos no son quiénes para educarlos”, pero tampoco asumen su papel de adultos y dejan a los menores a la deriva. 

Docentes que, cuando empieza el año escolar, sondean, como si estuvieran en un cuarto oscuro iluminados apenas con una velita de posada, a quienes son sus nuevos alumnos, para intentar medio adivinar sus personalidades, su carácter y sus necesidades, pues pareciera que los únicos que se preocupan por esto son los mismos profesores, que no pueden obtener información certera de los papás. 

He sabido de niños que se han querido aventar del primer piso de la escuela porque quieren suicidarse, que golpean a sus maestras y les gritan “putas” o patean a sus profesores y les dicen “pendejos”; niños a quienes les urge atención y amor, pero los papás ni siquiera se bajan del coche, aunque el director o la psicóloga quieran hablar con ellos. 

Niños enfermos y sucios que en su casa no atienden. Los mandan con infecciones estomacales, con el uniforme sucio, las uñas largas y cochinas, sin bañar. Ya no digamos sin hacer tarea, sin revisar los recados de sus profesores… 

Todas esas acciones que, aunque parecen mínimas, reflejan la terrible indolencia hacia lo más sagrado que debería haber en su familia: sus hijos. 

¿Cómo no me voy a preocupar por mi madre? ¿Cómo no sentir que me hierve la sangre de pensar que un alumno le aventó un zapato o le escupió la cara? 

¿Cómo no me voy a enojar si cuando intenta hablar con los papás de sus alumnos, muchos ni siquiera la voltean a ver desde su camioneta de reciente modelo con vidrios polarizados? 

Si ya tuvieron hijos, quiéranlos, atiéndanlos, escúchenlos, ámenlos... 

Porque de nada sirven docentes que abracen su profesión y a sus alumnos si no están acompañados por directivos serios y compañeros apasionados, pero sobre todo, de papás que amen (y demuestren amar) a sus hijos. 

“Mis niños”, dice ella. 

“Mis…”. 

perlavelasco@gmail.com 

Twitter: @perlavelasco 

jl/I