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La transformación de Arlequín 

Me había resistido a ver la película de Harley Quinn, pero todo el ambiente de la última semana me arrastró a ella y es el punto de partida para una reflexión acerca de un movimiento muy importante que está sucediendo. 

Las mujeres deberían tener igualdad respecto a los hombres en todos los aspectos de la vida, pero no es así. Ha sido necesario que los movimientos feministas convocaran a un paro nacional e internacional como nunca antes para que ese tema empiece a discutirse pública y ampliamente. 

El feminismo de Harley Quinn es, quizás, un poco básico, pero habla de una situación de violencia feminicida similar a la que vivimos en cuanto que también las mujeres inmersas en el crimen tienen que luchar por sus vidas ante un esquema jerárquico con predominio masculino avasallante. 

Si atendemos un poco la postura oficial del gobierno que considera una gran parte de los asesinatos de mujeres vinculados a actividades criminales y solamente una pequeña fracción corresponde a violencia de género, es decir, feminicidios propiamente perpetrados no por robar a cometer algún otro delito, sino porque precisamente se trata de una mujer y se le puede matar, aun así las mujeres involucradas en este tipo de delitos no dejan de ser víctimas ni de estar sometidas al yugo masculino. 

La historia de la Arlequín, cuya existencia es nula si no está para atender a un amo, parte de una situación de dependencia enfermiza, considerando que la pareja Guasón-Arlequín conjuga una serie de trastornos mentales y emocionales que complican su permanencia juntos. Todo el entorno de ella contribuye a reducir su valor como persona a aquel que le asigna su pareja, al estatus que le da estar a su lado. 

En determinado momento, la historia reúne a los personajes femeninos que han sufrido injusticias a manos de los hombres, violencia en lo laboral como en lo familiar, en lo económico, y es entonces que deben (parte barata del argumento) unirse para prevalecer sobre sus enemigos, una horda de hombres dispuestos a asesinarlas al amparo de un villano que encarna perfectamente al machismo heteropatriarcal. 

Dice mi madre que ella no entiende para qué existe el feminicidio. Que qué tiene de diferente de un homicidio. En algún momento yo me hice la pregunta también y el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, sacudió el tema recientemente cuando estableció su intención de solicitar a los legisladores reformas para suprimir el delito de feminicidio de un eventual código penal nacional. 

La propuesta de Gertz Manero era incluir agravantes en la tipificación del delito de homicidio aduciendo motivos de género, porque el feminicidio no tenía una justificación desde ese punto de vista. No aportaba un tipo de crimen distinto a los que ya existían, sino que sólo modificaba algunas de sus características. 

Lo esencial del delito de feminicidio es que visibiliza y castiga una violencia de género exacerbada, pues ha llegado a la consecuencia máxima de privar de la vida a la víctima. 

El rigor de la pena quizás no sea distinto drásticamente al de un homicidio en cuanto a tiempos de condenas, ni tiene caso recrudecer el castigo simplemente porque sí. De cualquier manera, las penas más extendidas no necesariamente implican una reducción en los índices criminales. 

Sin embargo, el crimen está ahí y ya al nombrarlo se está dando un primer paso a la supresión de las violencias machistas, que deberá ser fundamentado y complementado con una serie de políticas públicas de prevención, pero sobre todo de transformación de la cultura de sexismo que tenemos imbuida, en muchos casos de manera inconsciente todavía. 

Twitter: @levario_j

jl/I