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Guadalajara, 478 años después

El viernes pasado celebramos el 478 aniversario de la fundación de la ciudad de Guadalajara, el corazón de una zona metropolitana que se desborda a ocho municipios vecinos. Se desparrama caóticamente como si derramáramos un vaso de agua sobre la mesa con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de sus habitantes. No siempre fue así, basta con recordar que durante más de tres siglos la Perla Tapatía era tan pequeña y crecía tan lentamente que el Agua Azul quedaba a las afueras de la ciudad. 

En 1803, 261 años después de su fundación, la capital de Jalisco tenía apenas 35 mil habitantes, 2 mil menos que los que hoy tiene Sayula. En ese entonces, la Ciudad de México, Puebla y Guanajuato eran mayores que Guadalajara. Cien años después, a principios de 1900, la ciudad contaba ya con 100 mil habitantes. 

Cuarenta años después los tapatíos sumaban 200 mil y a partir de los años 60 del siglo pasado el aumento de la población estalló. Durante los años 90 la población tapatía se incrementaba a un ritmo de 440 nuevos habitantes por día, cuando durante más de tres siglos el promedio de crecimiento demográfico era de 279 habitantes por año. 

Si el 8 de junio de 1964 Guadalajara celebró el nacimiento del tapatío un millón, el nacimiento del tapatío “5 millones”, el 7 de noviembre de 2017, ya no resultó tan buena noticia. No tanto por la cantidad de personas que habitamos estos parajes, sino, sobre todo, por el desorden con que hemos construido esta ciudad. 

Durante los años 90 la ciudad llegó a crecer el equivalente a seis veces Ciudad Guzmán en cuatro años. En tres decenios la ciudad había cuadruplicado su tamaño. Y estaba por venir lo peor, el caótico crecimiento de la zona metropolitana en el siglo 21. 

Ya en octubre de 1994, hace 25 años, destacados urbanistas advertían de los riesgos que implicaba el crecimiento desordenado de la ciudad. En un reportaje que publiqué entonces, el académico Jorge Camberos Garibi decía: “Hemos crecido en número a costa de la despersonalización y la degradación de las relaciones naturales y sociales. El problema de la ciudad de Guadalajara es que ya está desordenada. La infraestructura se tiene que crear antes que los asentamientos humanos y no al revés como generalmente sucede”. 

El urbanista Fabián Medina insistía en la necesidad de planear el desarrollo urbano y de proteger los valles agrícolas en Toluquilla y Zapopan. El problema, subrayaba, “es que los planes se hacen para remediar problemas que existen, no para encauzar el crecimiento. La planeación tiene que ser para evitar problemas no para solucionarlos”. 

Ha pasado un cuarto de siglo y no hacemos caso a sus recomendaciones. La ciudad crece a pasos agigantados sin condiciones mínimas de planeación. Se autorizan nuevos asentamientos sin considerar cómo se moverán sus habitantes, sin vías de comunicación adecuadas, sin transporte público. Se construye sobre cauces y zonas de recarga de agua o en laderas de cerros. Lo que antes eran casas unifamiliares son ahora edificios de departamentos, se autorizan cambios de uso de suelo para que las zonas residenciales se conviertan en zonas comerciales, pero no se prevén las consecuencias. El resultado no es de extrañar: el caos. 

En el fondo el problema es que sobre el bien común prevalecen siempre los intereses económicos y políticos, independientemente del partido que gobierne. Hace 25 años lo decía el urbanista Daniel Vázquez: “Si no existe una administración urbana real, eficiente y honesta, de nada sirven los planes. No es sólo un problema técnico, tiene también un trasfondo político”. 

juanlos@gmail.com

jl/I