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Farsa y pesadilla

El silencio prevalece en Jalisco. Las voces valientes que se alzan por la justicia no son la regla. Desde lo cotidiano del maltrato feminicida que poco a poco va matando a las mujeres hasta la permisión abierta del crimen es imposible medir con precisión cuántos crímenes se cometen diariamente. 

A propósito de la mujer que fue atacada a balazos por su esposo la semana pasada, en la Comisaría de Zapopan comentaron que la víctima tenía una orden de protección vigente a su favor, pero ella prefirió no usar las herramientas que le ofrecían. Pese a la violencia del hombre, ella creyó que estaría a salvo y posiblemente nunca se imaginó que le dispararía. Se la llevaron al hospital con la vida en vilo. 

Personal de la propia institución mencionó que no necesariamente es la víctima quien debe pedir una orden de protección a su favor, sino que cualquier conocido suyo que se dé cuenta de una situación de peligro por las agresiones que sufra una mujer puede denunciarlo ante el Ministerio Público, para que aquel indique las medidas de protección necesarias. 

Esto no es muy conocido y podría decirse que más bien es poco común que ocurra algo así. En lo cotidiano prevalece la hipocresía indolente disfrazada de respeto hacia la vida privada de las otras personas. Es cosa de dos. Cada quien su intimidad. Cosas así. 

Y no sólo eso, sino que esa indiferencia favorece al varón porque suele perpetuar la ventaja económica, social, laboral y en muchas otras dimensiones. La mujer contra quien se ejerce el silencio queda aplastada en todos los aspectos, a tal grado de que un solo movimiento le puede costar la vida. 

Y es en ese contexto de silencio que transcurren muchas otras prácticas sociales, como el conocimiento de actividades ilícitas que nunca llegan a ser denunciadas y que se sostienen por años como algo cotidiano y ya más allá de cualquier juicio moral. Se sabe quién es el responsable de un robo, de un homicidio, de un secuestro, pero no se lleva la acusación ante la autoridad legalmente constituida como representante de la sociedad para buscar justicia. 

Además del silencio, ahí interviene el escepticismo de la eficacia de las fiscalías. Las encuestas de Inegi al respecto son demoledoras, porque es mínima la proporción de gente que tiene fe en la probidad de esas instituciones. 

A ese escepticismo se le añaden pruebas evidentes de colusión con criminales, como los levantones perpetrados el 5 de junio por policías investigadores, y entonces resulta más bien sorprendente que la gente se anime a denunciar. Sabiendo que el crimen organizado dicta órdenes dentro de la instancia de procuración de justicia del estado, no hay incentivo para buscar justicia en ese lugar. 

Más aun, con la sospecha de que no pudieron haber actuado sin el consentimiento de las altas jerarquías, la fe en la ley se tambalea por completo en una sociedad que ni siquiera se sorprende cuando una operación llamada Agave Azul muestra cómo la estructura financiera del crimen organizado ha permeado completamente en la iniciativa privada y en las mismas finanzas del gobierno. 

¿Cuántos jefes policiales están en la nómina del crimen? No necesariamente se han unido voluntariamente a las filas de la delincuencia. Hay muchos que han sido amenazados con plata o plomo. Y a algunos se las han cumplido. 

Y el silencio prevalece porque nadie, ninguna institución legítima da una explicación satisfactoria de cómo es que hemos llegado a una situación tan extrema como ésta o cómo podemos hacer para salir de ella. Los gobernantes se limitan a repartir culpas por todos lados y pedir cerrar filas ciegamente en una farsa que también es una pesadilla. 

Twitter: @levario_j

jl/I