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La revolución de las luciérnagas 

Aunque las mujeres constituyen más de la mitad de la población, apenas aparecen en las páginas de los diarios o en los informativos audiovisuales. Y si la mujer pocas veces es la noticia, mucho menos es voz en los artículos de opinión. 

Hace unos días mi colega periodista y amiga Nadia Sanders revisó las columnas después del asesinato de la pequeña Fátima y encontró menos de 10 con firmas femeninas. 

Un estudio publicado el año pasado en Argentina examinó los patrones de discriminación de género en la prensa. Investigadoras de la Universidad de San Andrés analizaron 3 mil 13 artículos en ocho sitios de noticias nacionales y sus respectivas cuentas de redes sociales durante 2017. Apenas 32.63 por ciento de las noticias fueron producidas por mujeres, más bajo todavía si los temas son de deportes, política y delincuencia. Sólo 15 por ciento de las columnas de opinión las escribieron mujeres. 

El Proyecto de Monitoreo Global de Medios en 71 países mostró en 2015 que 43 por ciento de las noticias fueron producidas por mujeres, 15 más que en el 2000. Ahí vamos. Pero sólo 17 por ciento de los personajes en las noticias analizadas eran mujeres. La voz de los hombres, aunque poblacionalmente sean menos, vive amplificada. Nos siguen diciendo qué son los feminicidios, nos explican la violencia de género, nos quieren decir cómo y cuándo protestar. 

¿Y en México qué pasa? No encontré muchos estudios al respecto. Uno sobre perfiles demográficos publicado por Mireya Márquez y Sallie Hughes en 2016 muestra que 68.2 por ciento de las personas en las redacciones son hombres y 31.8 son mujeres. Nosotras estamos más representadas en medios digitales y radiofónicos, pero menos en diarios impresos, semanarios o revistas. 

Las mujeres somos minoría en contenido, en producción, en toma de decisiones, en elaboración de la agenda, en seguimiento de temas. 

Entre todo ese cuadro trágico de subrepresentación veo con entusiasmo que las periodistas más jóvenes nos están enseñando mucho sobre el feminismo en el periodismo. Se dan más tiempo de dialogar, de disentir, de andar más juntas, de compartir, de elogiarse, de construir, de mostrar el trabajo de unas y otras. 

Desde antes hemos tejido relaciones de afecto y cuidado con otras periodistas, pero considero que un periodismo feminista se está dando hoy de manera más orgánica. Construir una agenda compartida es posible en diferentes medios y formatos. 

Hace unas semanas leí que la reportera Mariana Limón decía que ya no estaba de moda ponernos unas mujeres contra otras. Y a eso se refiere el término sororidad: la hermandad entre mujeres con respecto a las cuestiones sociales de género. Soror, en latín, significa hermana. 

Unos días atrás la editora de The New York Times, Elda Cantú, destacó una hermosa foto de luciérnagas amarillas en el boletín semanal. Así pienso el periodismo feminista, menos como lunas solitarias y más como luciérnagas armando una revolución. Brilla una, brillan todas, brilla un territorio. La agenda del periodismo feminista no sólo cuenta sobre las protestas, el miedo o la rabia. Tampoco se centra solo en el tema del aborto. Un periodismo feminista mira de manera transversal. Es necesario en economía, política, deportes, infancia, corrupción, violencias, espectáculos, cultura, medio ambiente, ciencia. Sincronía luminiscente. 

 

Dedicatoria 

Me ilusiona pensar en el trabajo periodístico de mis colegas más jóvenes, como Neldy San Martín, Itxaro Arteta, Estefanía Camacho, Vania Pigeonutt, María Ruiz, Mariana Maldonado, Tania Montalvo, Alejandra Crail, Luisa Cantú, Karina Cancino, Itzel Ramírez, Almudena Barragán. Y me faltan tantas de estas generaciones, de la mía, de las que me anteceden. 

wendys.perez@gmail.com

jl/I