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La rebelión púrpura también es migrante

Después de los feminicidios de la pequeña Fátima Cecilia y de la joven Ingrid Escamilla, algunas mujeres migrantes en Dallas, Texas, fueron enviando mensajes a la organizadora de un grupo cerrado de Facebook. Yami Furlong abrió el grupo hace cuatro años porque se sentía sola. Algunos días la migración puede ser un largo invierno. Lo arrancó con menos de 10 mujeres a finales de 2016 y ahora son 4 mil. Somos. Me uní a ellas hace tres semanas por inquietud periodística y por una necesidad personal. Como otras mujeres, para mí emigrar era la única forma de ponerme a salvo; también fui víctima de violencia machista y una frontera no es –todavía– suficiente para dinamitar los miedos. 

“¿Qué podemos hacer?”, le preguntaban en privado las mujeres a Furlong, en mensajes directos o llamándola a su celular. Una de las políticas de su grupo es no tocar temas de política, pero a Furlong, una nutrióloga que se casó con un estadounidense y vive en Dallas desde hace 20 años, le parecía que debían hacer algo. Así que pensaron en escribir una carta, recabar firmas vía Change.org y entregarla impresa en las oficinas del consulado de México en Dallas. 

En el grupo hay mujeres profesionistas, algunas trabajan en casa, otras son pequeñas empresarias. Hay mujeres en contra del aborto, a favor del aborto legal. Hay mujeres feministas y hay mujeres que desde la ignorancia repiten el mismo discurso de La Mars o del cardenal Juan Sandoval Íñiguez. Por eso es trascendente lo que hicieron ayer, 8 de marzo, en el consulado mexicano en Dallas. 

Fueron pocas, unas 60, pero llenaron la sala del segundo piso del consulado, vestidas de morado, con camisas que mandaron hacer especialmente. Un par no era del grupo, leyeron la nota que publicamos en Al Día, el diario en español del Dallas Morning News donde colaboro, y decidieron ir. Una de ellas, Marcela Espinoza, tenía una pancarta que denunciaba “En México matan por ser mujer” y clamaba “Justicia para las que nos arrebataron. Libertad para las que nos quedamos”; ella era la única con un pañuelo verde. 

“Que sepa el señor presidente Andrés Manuel López Obrador que los ojos del mundo están sobre él, que no se sienta empoderado para ignorar y desdeñar a todas las mujeres del mundo, porque ya lo está haciendo en el país”, dijo Marcela, con el nudo en la garganta y conteniendo el llanto a la cónsul adscrita en Dallas, Edurne Pineda, la funcionaria mexicana que las recibió. 

Más mujeres fueron tomando la palabra, como Nelda Irma González, una maestra y abogada que migró de Torreón después de que le mataron a su jefe y a ella la asaltaron a mano armada. “No porque tengamos un pasaporte y provisionalmente estemos aquí, no sé si indefinidamente, significa que no nos preocupe lo que está pasando en México”, expuso con fuerza. “A mí me duele de llorar, de moverme en las entrañas lo que está pasando en México”.  

A la protesta llegó Raquel Puente, porque igual que Marcela leyó la nota en el diario. “A mí me mataron a una hija”, dijo en su intervención para sorpresa de todas. Algunas fueron a contenerla y abrazarla. La hija fue asesinada en Dallas por su pareja, un mexicano que huyó a México con dos nietos de Raquel. La cónsul le dijo que verían su caso, porque la abuela no había hecho la denuncia al gobierno mexicano.  

Al ir escuchándose unas y otras surgió otra pregunta: ¿cómo podemos ayudar? Ofrecieron hacer voluntariado en el consulado, ¿lo aceptará el gobierno de López Obrador? Con o sin consulado todas coincidieron en que buscarán un escritorio y un pequeño lugar para armar grupos de apoyo para otras mujeres que no tienen la independencia económica, financiera, mental o emocional. Sabemos que falta mucho, pero a mí esto me da esperanza. 

wendys.perez@gmail.com 

jl/I