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Mamás migrantes refugiadas en un colchón

Hace tres semanas cerró el restaurante de comida tailandesa donde Lucía cocina, lava trastes, limpia el restaurante y meserea de 10 a 9. Hablamos por teléfono el miércoles y estaba muy desanimada porque le quedaban 200 dólares en la bolsa, no podrá mandarle la mesada a su familia que dejó en una aldea de Guatemala, un punto invisible en los mapas virtuales. Y porque con la cuarentena la novia de su primo, donde ella vive desde que llegó a Dallas en 2016, la maltrata más.

Lucía atravesó México en un tráiler atiborrado junto con su hija mayor, Claudia, una chica adolescente de ojos serenos color ámbar que habla más k’iche’ que español. En el viaje casi se mueren por 20 segundos sin ventilación. Estados Unidos las recluyó en una prisión para mujeres migrantes al sur de Texas antes de que en Dallas las recibiera su primo en una casa de dos pisos. Abajo viven migrantes chinos y arriba 11 personas de Guatemala.

Ellas tienen un cuarto diminuto con una ventana que da a la calle, un colchón y un minirefri. Su vida sería tranquila si no fuera porque desde que llegó la novia del primo, una inmigrante asiática, le declaró la guerra en persona, por mensaje de texto y recados. Vete a tu país, lárgate, deja de vivir en la casa de mi novio, estás fea, no sabes hablar, te voy a mandar a migración.

Hace unos meses la misma mujer la insultaba un día y le mandaba una charola de pan al otro. Lucía los tiraba, por si las dudas. Y la bloqueó del chat. La mujer no paró de acosarla y en la cuarentena se ha puesto peor. Uno de estos días Lucía estaba bañándose y la novia del primo entró y se burló de ella. Le volvió a gritar vete lejos, vete ya, voy a llamar a migración.

Viven en la periferia: no hay transporte público, no hay ciclovías y las veredas para caminar escasean. No tiene auto. Los dueños del restaurante pasan por ella y la dejan de regreso en la noche. A Claudia la lleva el primo a la escuela. Cuando él no puede, ella debe caminar algunos kilómetros.

Lucía es delgada, pero de brazos anchos y piernas fuertes. Con el trabajo duro que hace pagó los casi 10 mil dólares que le cobró el coyote y ha comprado unas manzanas de terreno en su aldea. Su papá y su hermano vendieron los primeros chiles que por estos días cuestan más. Y siembran maíz. Esa tierra es su futuro y el de sus hijos. Lucía paga por el espacio por donde vive, echa tortillas los domingos y hace comida para los migrantes de la casa, y lo hace con gusto.

Mientras la novia del primo aumenta el acoso, ella sueña con aguantar, volver al trabajo y juntar para una casita de ladrillo frente a la carretera, poner una tiendita para vender lo que cosecha y otras cosas. En noviembre tiene cita en la Corte y le dirán si pueden refugiarla o no.

Hace días conocía de otra situación preocupante. Iris, una migrante de San Salvador, me escribió después de entrevistarla para una nota. Me mandó un mensaje como el náufrago que lanza una botella al mar. Ella y sus dos hijos, la niña de 8 y el niño de 6, salieron en una caravana y lograron cruzar a Estados Unidos desde Tijuana. Tenía un local de comida en su país, pero los pandilleros la extorsionaban; ella denunció y amenazaron con matarla.

Llegó a Dallas el año pasado y dos familias le rentaron solo una cama. Trabaja en un restaurante grande que no ha cerrado, un alivio, pero los niños no tienen clases y se están quedando solos en casa. Iris me dijo con angustia que sus chicos están siendo discriminados y maltratados por otros migrantes salvadoreños. No los dejan ir más allá de la cama por la que pagan, los obligan a quedarse ahí. Ayer le pregunté cómo estaban, me dijo que cada vez peor y quiere regresar a su país: “Si me muero, mejor que sea allá”.

La migración a veces puede ser una cuarentena interminable.

wendys.perez@gmail.com

jl/I