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Vidas Lloradas

El viernes pasado las mujeres salimos a la calle, al espacio que tantas veces y de las formas más crueles se nos ha negado. El feminismo cobró otro cariz gracias al efecto que causó la toma del espacio público en la Ciudad de México. La violencia que sigue indignando a tantos ha sido el factor de cambio. Gracias a ella, esa noticia ha ganado la notoriedad que no tienen los feminicidios.

En 2009 la filósofa y reconocida feminista Judith Butler publicó el libro Marcos de guerra. Las vidas lloradas. En él, reflexiona sobre la compleja maquinaria política que legitima la idea de la muerte del enemigo. Los cadáveres que resulten del enfrentamiento bélico no pueden ser considerados de igual manera. En ese ensayo Butler explica cómo los gobiernos definen el valor de la vida humana y cómo no todas las vidas tienen importancia. Vuelvo al libro y encuentro sentido en lo que hoy está ocurriendo en la opinión pública mexicana frente al movimiento feminista que valora los cuerpos de las mujeres, las vivas y las muertas por crímenes de odio; porque sí, en México los feminicidios son absolutamente comparables con los muertos que produce una guerra. Hoy atravesamos una transición que esperemos derive en la reconstrucción conceptual de la vida de las mujeres como algo verdaderamente valioso, que está muy por encima del peso histórico de cualquier monumento.

Lo que vivimos en algunas ciudades y que para algunos sólo fue vandalismo, la considero una poderosa coreografía del hartazgo. Con y sin brillantina rosa, los vidrios rotos, los gritos y las pintas formaron parte de un acto político performático que se está haciendo oír, y aunque las interpretaciones sean contrastantes, ese proceso de comprensión tiene algo de esperanzador.

En el hecho teatral el mundo es reconstruido. En las manifestaciones sociales se da una puesta en escena con valor político que se constituye como uno de los centros efervescentes de la cultura corporal. En la calle, gritando consignas y avanzando en grupo, las mujeres construimos un discurso que manifiesta la perversidad con la que se ha usado nuestro cuerpo. Los cuerpos de mujeres de todas las edades dejaron de ser ese dato duro que jamás le ha interesado a los bienpensantes. El número de asesinadas, secuestradas, explotadas, vejadas, entró en la partitura de la política del cuerpo.  Las acciones ocurridas en la manifestación siguen cumpliendo su misión de recrear la rabia que nos rebasa por la impunidad cómplice del Estado y explicitan el dolor por los cuerpos de mujeres que sí, que por supuesto merecen ser llorados.

veropress7@gmail.com

JJ/I