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Entre la ciencia y la oscuridad

En el desarrollo de las sociedades, la generación, el sostenimiento y la proyección de sus esquemas de conocimiento constituyen un elemento de fundamental importancia, en la medida en que representan la síntesis de una perspectiva e idea de la sociedad misma, a través de la integración eficiente de pensamiento original para forjar, explicar y desarrollar un buen funcionamiento económico, tecnológico, social y cultural. 

De esta forma, se explica la relevancia en una sociedad, de la importancia de sus comunidades científicas e intelectuales que, posibilitan una reflexión de profundidad social, en la que se conserva permanentemente el análisis y la calificación de los factores que inciden en un desarrollo eficiente y una evolución pertinente, de los pasos que da una sociedad. El sistema educativo y las estructuras de investigación contribuyen de forma profunda en este sostenimiento dinámico de los escenarios en los que se evalúan las proyecciones sociales, buscando los mejores equilibrios y el aprovechamiento de las oportunidades de crecimiento y desarrollo. 

A lo largo de la historia se han evidenciado las tensiones en algunos momentos, y las conexiones en otros, de la relación entre ciencia y poder. El desarrollo de estos ámbitos de acción no corre paralelamente. En la medida en que se establece un esquema metodológico, crítico y organizado para interpretar y proyectar escenarios en los que la sociedad pueda intervenir articuladamente y con mejor eficiencia, hay muchas tensiones que se derivan respecto del orden político, que no necesariamente avanza a la misma velocidad y con equivalente profundidad. La falta concordancia entre los dos espacios ha generado desencuentros que han tenido resultados terribles para el desarrollo de la ciencia. En 1992, por ejemplo, Juan Pablo II solicitó, 359 años, cuatro meses y meses días después de la sentencia de la Inquisición, el perdón por la condena injusta a Galileo Galilei. Ese fue el tiempo que se requirió equilibrar sistemas de conocimiento. 

La ciencia y la democracia están vinculadas de manera crucial. Porque la racionalidad siempre se ha construido cuestionando y analizando las relaciones de autoridad y los modos dominantes de legitimación. 

La creciente complejidad de la articulación de las lógicas científicas y políticas requiere diálogos estructurados para evitar que una sola de las partes se convierta en regulador único de un mecanismo que solamente incluya una decisión. 

Michel de Certeau, en La invención de lo cotidiano (1990), refiere que el poder no debe solamente establecerse como ideología o doctrina, básicamente porque “las intransigencias y las exclusivas doctrinales son pues más fuertes que en los lugares donde el poder adquirido permite y a menudo exige los compromisos; finalmente, mediante una lógica aparentemente contradictoria, todo poder reformista pasa por la tentación de adquirir ventajas políticas, de transformarse en administración eclesiástica para sostener su proyecto, de perder así su ‘pureza’ primitiva o de transformarla en un adorno del aparato, y de transformar asimismo a sus militantes en funcionarios o en conquistadores”. 

Se impone el desarrollo de una racionalidad en la que se establezcan las perspectivas de diálogo en el diseño de las políticas que permitan una pluralidad de opiniones que favorezcan la concertación de criterios, ideas y métodos de una dimensión de generación de conocimiento que sea propositivo y no draconiano. 

Los proyectos de generación de conocimiento requieren mejores condiciones de proyección de los modelos que justificadamente han probado su funcionalidad. Así pues, se demanda un buen ejercicio de complementación por parte del poder para comprender la relevancia de este aspecto y la importancia de la integración plural, no personalizada, de una proyección social. 

armando.zacarias@csh.udg.mx

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