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Justificación
No permitirá construcción
Durante muchos años pensaba la Tierra solo como el hábitat que debíamos cuidar para mejorar nuestro bienestar: no dañar bosques, no tirar basura ni desperdiciar agua. Era un ecologismo simplista con el que lograba tranquilizar mi (in)conciencia. Más adelante el Grito de la Tierra, grito de los pobres (Boff, DABAR) vino a revolucionar mi concepción antropocéntrica al considerar que el ser humano es resultado del proceso cósmico..., que se halla inmerso en una solidaridad con todos los seres del universo... y que todos dependemos de las estrellas que convierten el hidrógeno en helio, de donde provienen el oxígeno, el carbono y el nitrógeno indispensables para la vida.
Recientemente, los planteamientos de Lovelock sobre la Tierra como un organismo que se autoorganiza para mantener la vida (Pertenecemos a Gaia, GG) no dejan de cuestionarme: si Gaia es un sistema fisiológico que tiene como objetivo regular el clima y la composición química del planeta…, si la Tierra proporciona condiciones de habitabilidad para cualquier forma de vida humana y no-humana…, si las algas marinas están directamente relacionadas con la formación de las nubes y el clima…, ¿qué es lo que buscamos al hacerle tanto daño a la Naturaleza? A raíz de la muerte del papa Francisco decidí revisar sus reflexiones a propósito de lo que él denominaba “nuestra casa común”.
En la encíclica Laudato Sii el obispo de Roma proponía asumir una ecología integral más allá de biologicismos o mecanicismos que nos permita reconocer la esencia de lo humano. En el diagnóstico con el que inicia la Encíclica se señala que la crisis ambiental que enfrentamos es consecuencia de la actividad descontrolada del ser humano y que la degradación de la Naturaleza está ligada a nuestra forma de vida (“hemos crecido como si fuéramos propietarios de la Tierra”). Pone en entredicho la tecnología con la que pretenden resolverse los problemas ambientales, al desconocer las interrelaciones que existen entre las cosas; el crecimiento desmedido de las ciudades, que imposibilita tener un contacto directo con la Naturaleza; la cultura del descarte, ajena a una economía circular, que impide reutilizar los residuos que producimos; así como la incapacidad para abastecer de agua potable a la población mundial como un derecho humano básico. Los crímenes contra la naturaleza, aclaraba, son crímenes contra nosotros mismos.
El auténtico desarrollo humano, planteaba Bergoglio, debe tomar en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión ecosistémica: todos los seres nos necesitamos unos a otros, ciertas especies desempeñan un rol fundamental para mantener el equilibrio del planeta, la extinción de especies se traduce en valores irrecuperables que exceden cualquier cálculo monetario. Pero nos cuesta trabajo reconocer el funcionamiento de los ecosistemas.
El cuidado de la casa común demanda realizar cambios radicales en los modelos de producción y consumo, reducir drásticamente la emisión de gases contaminantes, entender que todos podemos ser cuidadores de la Tierra. Cada uno desde su cultura y experiencia puede contribuir si se ponen por delante valores como la generosidad, el compartir, la fraternidad y la belleza en nuestras relaciones ecosistémicas.
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jl/I