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Política ficción y posverdad 

Todos los días por la noche nos acostamos con un amargo sabor de boca por los acontecimientos ocurridos durante el día en nuestro entorno y en lugares distantes y ajenos. Los noticieros nocturnos dan cuenta de asesinatos, ejecuciones, robos, fraudes, asaltos y una infinidad de calamidades que estropean la tranquilidad, y con más razón si se vive en alguna de las ciudades consideradas “poco seguras para vivir”. 

Según datos del Inegi, la percepción de la inseguridad de la población de 18 años y más según pasó, de 69.5 por ciento en 2011 a 78.9 en 2019. La percepción de inseguridad se define como “la perturbación angustiosa del ánimo que se deriva de la diferencia entre el riesgo percibido de ser víctima de un crimen y la victimización de hecho” (Carlos Vilalta); esto es, dada las condiciones de su entorno, siete de cada 10 mexicanos tienen temor de ser víctima de la delincuencia. Así nos vamos a la cama cada noche. 

Sin embargo, a las siete de la mañana nos encontramos con un país completamente diferente, lleno de esperanza, libre de corrupción, sin violencia; con preocupaciones tan banales como: “¿Compraré un cachito para la rifa del avión presidencial?”, “¿y si me lo saco?”, “¿será bueno quitar los días feriados de los lunes de fines de semana largo para reforzar nuestra identidad histórica?”, “lo bueno es que el presidente ya prometió gratuidad de los servicios médicos en todo el país, eso me da esperanza (no sé para cuándo, pero lo bueno que no tengo un hijo con cáncer)”, “lo mejor es que él tiene otros datos”. 

Desde el púlpito presidencial, cada mañana la realidad del país se presenta como una verdadera ficción: los datos de la economía (“la economía es un simple oficio; es exagerado decir que es una ciencia”), la política (“no crean que tiene mucha ciencia el gobernar; eso de que la política es el arte y la ciencia de gobernar no es tan apegado a la realidad”). El país no crece; por el contrario: el primer año de gobierno de AMLO la economía del país se contrajo 0.1 por ciento (y las expectativas de al menos 10 instituciones considera que el PIB crecerá solo 1.0); pero eso no importa porque hay desarrollo y bienestar (sus datos dicen otra cosa). 

Las homilías mañaneras también sirven para zanjar un clivaje social cada vez más acentuado: hay quienes ven al emperador completamente desnudo y quienes se empeñan en convencerse de la ficción de que el atuendo del emperador es visible solo para los inteligentes, quienes no lo vean son conservadores, neoliberales o fifís: “Están conmigo o contra la cuarta transformación”. 

La política ficción se da a través de los mecanismos propios de la posverdad. La Real Academia Española (RAE) la define como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. La posverdad no se trata de la realidad, sino cómo hace sentir a las personas: es una ficción. La propagación y normalización de la mentira se convierte en propaganda que a su vez transmuta en posverdad. Esto ha propiciado, real o ficticiamente, la desconfianza ciudadana en las instituciones, motivo suficiente para desmantelarlas y recrearlas (“el INE no se ha portado bien”). 

Si bien la política se enreda a diario con hechos, verdades, realidades y ficciones; la objetividad y la razón no son negociables: son pilares de la democracia. Deslegitimar la oposición, la prensa, los enemigos, las instituciones con narrativas dirigidas a las emociones de sus seguidores, garantiza el linchamiento de chivos expiatorios. 

iortizb@gmail.com

jl/I