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Justificación
No permitirá construcción
El premio Nobel de literatura 2003, J. M. Coetzee, escribió Giving Offense: Essays On Censorship (en español Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar, Debate), una compilación de textos que constituyen “una tentativa de comprender una pasión con la cual no tengo ninguna afinidad intuitiva”. Coetzee plantea que la censura no es simplemente una respuesta moral al contenido ofensivo, sino una herramienta de poder del Estado o de instituciones para controlar las expresiones individuales. Aunque suele justificarse en nombre de la moral o el orden público, su objetivo real es dominar el discurso y, por extensión, el pensamiento.
Según el autor, ofenderse es una forma de reafirmar públicamente la identidad moral. Quien manifiesta ofensa no solo expresa disgusto, sino que delimita su sentido de lo correcto y su pertenencia a una comunidad de valores compartidos. La ofensa, sin embargo, es subjetiva y no siempre implica un daño real. Pese a ello, en muchas democracias modernas lo ofensivo se equipara a lo dañino, lo que lo vuelve susceptible de regulación o censura. Este fenómeno convierte al Estado o las instituciones en árbitros del buen gusto o la moral, no solo garantes de la ley.
Dos años antes de que Coetzee publicara su obra, Mario Vargas Llosa reunió una serie de textos periodísticos bajo el título Desafíos a la libertad (Alfaguara, 1994). El recién fallecido Nobel 2010 afirmaba que “La censura no es una solución…es siempre una mala solución”. Ante este dilema, se cuestionaba, “¿Cuál es la alternativa?” Su propuesta apelaba a la responsabilidad de productores y artistas de la industria cultural, o idealmente, a un público consciente, capaz de rechazar los contenidos pseudoculturales que fomenten la “banalización del mal” (Hannah Arendt dixit). No obstante, Vargas Llosa reconocía que esto era un ideal inalcanzable, en un contexto donde la ética pública se erosiona en las sociedades modernas o que, en los casos donde aún persistía, se está desvaneciendo.
Por otra parte, el filósofo Isaiah Berlin distinguía entre dos tipos de libertad: la negativa –que consiste en la ausencia de interferencias externas– y la positiva –la capacidad de autodeterminación–. La censura viola directamente la primera, al imponer límites arbitrarios a la expresión. En cuando a la segunda, Berlin alertaba sobre los regímenes que, apelando a un “bien superior” (como la moral colectiva), restringen libertades individuales. Desde esta perspectiva, la censura opera como un paternalismo ilegítimo, al suponer que las autoridades determinan qué pueden leer, pensar o escuchar los ciudadanos.
En un mundo donde la censura adopta nuevas formas –desde prohibiciones estatales hasta la cultura de la “cancelación” en redes sociales–, estas reflexiones son más urgentes que nunca. Defender la libertad de expresión no implica avalar todo discurso, sino entender que su restricción arbitraria abre la puerta al autoritarismo y al empobrecimiento cultural.
Con la divisa de “prohibido prohibir” manifestada por el movimiento de Morena, el “segundo piso” enfrenta el desafío de equilibrar libertades con seguridad, sin caer en autoritarismos o permisivismos contraproducentes.
X: @Ismaelortizbarb
jl/I