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Bienestar y felicidad

“… la máxima felicidad reside en tener lo que se tiene” 

Umberto Eco, ‘El nombre de la rosa’ 

 

Pretender definir lo que es la felicidad ha sido una diligencia tan añeja como la misma humanidad y que hasta la fecha no ha sido revelada. Si bien no ha habido un argumento definitivo, sí se reconoce que en la realidad existe una infinidad de posibilidades. Además de que la idea de felicidad ha cambiado en cada época, lugar y cultura. 

En el thriller medieval de Umberto Eco, El nombre de la rosa, los asesinatos se daban en torno a un supuesto libro de Aristóteles (segunda parte de la Poética) dedicado a la comedia, mortal para quien lo leyera, donde se habla de la función de la risa, que no sólo produce placer, sino felicidad. 

De entre las diferentes hipótesis de la felicidad, una dice que ella proviene de lograr lo que se desea, pero esta felicidad no es duradera. Otra dice que la felicidad viene de nuestro interior y no del mundo externo, algo que prevaleció en la antigüedad. En la actualidad es posible determinar que la felicidad resulta de la combinación de ambos. 

Richard Easterlin, un economista californiano, se dedicó a analizar datos macroeconómicos de varios países, que lo llevaron a establecer lo que ahora se conoce como la “paradoja de Easterlin”, que dice más o menos así: “Los países donde sus habitantes tienen mayores niveles de poder adquisitivo no son necesariamente los países con habitantes más felices; ni los países con menores niveles de poder adquisitivo tienen habitantes menos felices”. Sus hallazgos motivaron que se buscara otra métrica para medir la felicidad. 

Entonces, si dejamos de medir felicidad con el ingreso (ya no el PIB, que agrega el valor de todos los bienes y servicios que produce un país), podemos usar el índice elaborado por las Naciones Unidas: el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que toma en consideración varios indicadores diferentes al ingreso, como la expectativa de vida o el nivel educativo. 

Además del IDH también está el Índice de Felicidad del Planeta (Happy Planet Index) que usa cuatro indicadores para elaborar de forma muy simple este índice: el bienestar (qué tan satisfechos expresan los habitantes de cada país con su vida en general); esperanza de vida; desigualdad de resultados (las desigualdades entre habitantes: cuánto viven y cuán felices se sienten, según la distribución en los datos de esperanza de vida y bienestar); y, la huella ecológica (el impacto de cada habitante de un país en el medio ambiente). En esta medición, México se ubicaba –antes del Covid-19– en el segundo lugar, sólo debajo de Costa Rica. 

Al igual que en el pasado, y a pesar de los intentos por determinar qué es la felicidad, no ha sido posible establecerlo con certeza: hay más vacíos y dudas, a pesar de los intentos con ejercicios científicos serios. Las discusiones filosóficas, psicológicas y económicas persistirán; sin embargo, lo que sí está claro es que la dificultad para establecer qué es felicidad estriba en su misma esencia: su significado varía entre una persona y otra; que es subjetiva y que las diferencias entre felicidad y satisfacción con la vida son indicadores contingentes. 

Ante los datos negativos del PIB nacional, el presidente López Obrador pretende crear otra forma medir el bienestar de los mexicanos usando la felicidad como referente, a pesar de las limitaciones aceptadas por los especialistas en la materia. Pero, dados los desaciertos y fiascos anteriores, seguro será tan chafa como el Plan de Desarrollo Nacional, sus encuestas, sus propios datos o la misma 4T. 

iortizb@gmail.com

jl/I