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Educar en medio de la pandemia

La pandemia generada por Covid-19 evidencia la gran desigualdad económica que se vive en el mundo; el primer aspecto que se observa son las limitaciones en los sistemas de salud –especialmente en América Latina–, pues la llamada década pérdida de los 80 y la implementación del modelo privatizador neoliberal provocaron que la atención integral de la salud quedara ausente en las políticas públicas; hoy son evidentes las consecuencias.

En ese marco, con la gran preocupación en el tema de salud y de las repercusiones inmediatas en la economía, las familias enfrentan el regreso a clases en modalidad electrónica, y aunque tiene sentido dar continuidad en el proceso educativo, las desigualdades son más que evidentes: la mayoría de personas en el país –especialmente en el área rural– carece de los medios para seguir el ciclo escolar de esa manera.

En la práctica, ¿que se necesitaría para atender la educación a distancia? Tener electricidad en casa, un medio de comunicación con sus maestros, una plataforma de trabajo, dispositivo dónde hacer la conexión (teléfono, tableta o computadora), y con los más pequeños, el apoyo de un familiar que pueda auxiliar tanto en el contenido como en la orientación tecnológica para que las tareas se entreguen en la forma que los maestros han establecido. ¿Cuántos alumnos tienen una red de wifi en casa? ¿Computadora personal? En educación básica, ¿quiénes disponen de la orientación de un familiar que apoye en sus tareas? ¿Realmente las plataformas digitales son accesibles a una población que no cuenta con medios para conectarse y no está familiarizada con su uso?

Además de la infraestructura tecnológica, la educación a distancia demanda un proceso de adecuación de contenidos y la formación docente en esa modalidad; no es sólo realizar tareas escolares, el aprendizaje debe ser significativo, tener propósito y sentido, abonar a la formación de los saberes que se establecieron como necesarios en ese nivel escolar; quienes somos maestros y padres de familia estamos presenciando esas limitantes presentes y la ansiedad que pueden llegar a generar. Las familias con menores recursos tienen la preocupación de atender las actividades, pero sin los medios para poder hacerlo, las tareas del regreso a clases se suman a las preocupaciones del cuidado de la salud y a tener un ingreso que permita sostener el hogar.

¿Realmente debemos seguir con el contenido establecido en los programas educativos?, sería lo deseable, pero sólo hasta donde sea posible y no a costa de añadir preocupaciones a la salud mental de padres y alumnos que intentan cumplir para no perder el ciclo escolar.

Los miles de maestros y maestras de educación básica y de nivel superior pueden desarrollar una importante labor de sensibilización hacia los alumnos y por conducto de ellos a sus familias ante esta pandemia, por ejemplo, sobre la importancia de cuidar a los adultos mayores y a las personas que por condiciones de salud resultan más vulnerables; de fortalecer temas como cultura de paz, ¿cómo nos explicamos las agresiones al personal de salud que son quienes están al frente de la batalla para salvar vidas ante esta pandemia?; de hacer conciencia respecto a las desigualdades sociales que tenemos y la solidaridad con aquellos cuyas carencias se acentúan en esta tragedia mundial.

Hay mucho para reflexionar ante esta tragedia de salud, pero quienes desempeñamos una labor docente podemos insistir en formar en principios como la solidaridad, el cuidado mutuo, cultura de paz, inclusión y de nuevas formas de relacionarnos como sociedad con parámetros que vayan más allá de un mundo sustentado en el consumo y la apropiación de la riqueza por unos cuantos.

carmenchinas@gmail.com

jl/I