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Estado político-moral 

Cuando se expresan opiniones entre iguales se intenta razonar con argumentos más o menos lógicos. Sin embargo, la tentación de imponer una ideología, religión o moral en otras personas está latente cuando existe una relación de poder. Sobran ejemplos en la historia de experimentos sociales y políticos que terminan en tragedia y dolor para segmentos amplios de la población: millones de muertos por guerras, limpiezas étnicas y exterminios por motivos ideológicos y religiosos. 

El teórico de la política Kenneth Minogue, preocupado por cómo en la actualidad los gobiernos inciden con mayor fuerza sobre la condición social y moral de los ciudadanos, escribió el libro La mente servil: cómo la democracia erosiona la vida moral. El pensador australiano explora la dimensión de la imposición de visiones estatales y el progresivo socavamiento de la libertad individual, suplantada por una moral gubernamental obligada, lo que erosiona el sentido de responsabilidad moral de los ciudadanos. 

Minogue argumenta que los gobernantes de Estados democráticos consideran a los ciudadanos como incompetentes (aunque retóricamente alaban su “sabiduría”) en un sinfín de asuntos públicos. Esto propicia que los gobiernos se vean tentados a controlar todos los aspectos de la sociedad, dada la incapacidad de las personas para responsabilizarse de sus vidas. 

Una vida moral –continúa Minogue– consiste en hacer lo correcto; que la conducta de ciudadanos autónomos es la esencia de la libertad. Mientras que lo que considera como la “mente servil”, depende de juicios externos al individuo; esto es, aceptar la directiva del gobierno a cambio de ser relevado de la carga de un conjunto de virtudes (ahorro, autocontrol, prudencia y civilidad). Estas virtudes son todas morales y por lo tanto fruto de la voluntad moral, en contraparte al capital social, que “al final sólo es una característica del mundo, derivada causalmente de las condiciones sociales”. 

Minogue acuña el concepto “político-moral” para calificar las sociedades tradicionales en que los gobernantes usan su autoridad para implantar forma de vida “correcta”; una sociedad perfecta, en la que cada persona debe encajar. Con esto, la democracia se ve amenazada dado que impone una ideología de “perfeccionismo” y permite al Estado intervenir y regular las relaciones entre los ciudadanos. Incluso los delincuentes son considerados producto de causas externas y, por lo tanto, privados de su autonomía moral (“el narco es pueblo”). 

El autor recurre a lo que considera la “paradoja democrática”: si bien la democracia en teoría significa que quienes gobiernan son responsables ante los gobernados, en la práctica actual los gobernados se han vuelto responsables ante quienes gobiernan: ahora condenan el comportamiento individual de los ciudadanos y los aleccionan a ser virtuosos (no al revés). 

A partir de Minouge es posible considerar el caso mexicano, en especial el decálogo para enfrentar el Covid-19 presentado el pasado fin de semana (además de la intención de promover una constitución moral) por el presidente López Obrador. Del decálogo, sólo dos puntos hacen referencia a la pandemia, el resto es un recetario con fundamentos doctrinarios provenientes de un gobierno supuestamente laico, con la intención de aleccionar a la población de acuerdo con el principio “político-moral”, como lo define Minouge. 

Para colmo de males, nada menos que la presidente del Conacyt considera que dicho decálogo es congruente y basado en evidencia científica, cuando en realidad sólo son opiniones. 

iortizb@gmail.com

jl/I