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De traidores, ardidos y minorías 

La aplicación del principio de mayoría contiene límites casi naturales

Hans Kelsen

 

En el idioma inglés existen dos palabras que se traducen de la misma forma al español: betrayal y treason; en español significan traición; sin embargo, ambas tienen connotaciones diferentes. La primera es más amplia en su significado y se ejemplifica de muchas formas en la vida social e interpersonal, mientras que la segunda tiene connotaciones con la política. La primera se entiende como la violación de la confianza y la lealtad entre personas y entre grupos, y tiene que ver más con límites morales y sociales. La segunda tiene más vínculos con el poder. La primera se negocia; la segunda, no. 

El profesor emérito de la Universidad de Hebrea de Israel Nachman Ben-Yehuda escribió un interesante libro donde no solo analiza profusamente ambos conceptos, sino que presenta abundantes ejemplos de cada uno de ellos. El libro lo titula Betrayal and treason: violation of trust and loyalty (Traición: la violación de la confianza y la lealtad). El autor afirma que traición (en su segunda acepción) suscita un conjunto de conceptos asociados a ella, tales como revuelta, sedición, insurrección, desobediencia, motín, sublevación y subversión. 

En términos generales, la traición (anteponiéndole el adjetivo alta) se paga con la vida. Sócrates fue acusado, juzgado y condenado a muerte. Su pecado: corromper la moral de los jóvenes al enseñar la ciencia de forma tal que la cuestionaran desde el escepticismo y la incredulidad, lo que significaba un desafío a la seguridad e integridad del Estado (aunque en realidad fue por oponerse a la tiranía de Critias). En virtud que los atenienses no valoraban la libertad de expresión, fue obligado a beber la mortal cicuta. 

En nuestra sociedad contemporánea sí se valora la libertad de expresión y es considerada como pilar fundamental de la democracia (aunque algunas autoridades no lo vean de esta manera). Y esto es así porque las reglas del juego democrático se han venido construyendo en nuestro país día a día, y de reforma a reforma, que se plasman en el contrato fundacional llamado Constitución. A partir de un conjunto de reglas intrincadas y articuladas es posible negociar y llegar a acuerdos que definan las decisiones políticas… o se somete a votación: alguien gana y otro pierde. 

Acusar de “traición a la patria” a los 223 diputados que votaron contra la reforma eléctrica tiene varias aristas. Al menos una es que los diputados de Morena no reconocen los principios del juego democrático (mediante el cual llegaron al cargo); y, segundo, que la frustración por haber perdido la votación los ha hecho reaccionar de forma absurda al intentar llevar “al paredón” a los diputados de oposición, sabiendo de antemano lo quimérico de su intento. Claro que, con base en los cánones estratégicos, pretenden buscar de la derrota una fortaleza. 

Las acciones emprendidas por Morena contra los diputados de la oposición se pueden catalogar como una campaña de odio. Tan es así que el Instituto Nacional Electoral ha ordenado a ese instituto político frenar y retirar su campaña en contra de los supuestos “traidores a la patria”. Su intención de denunciarlos penalmente también será infructuosa. 

La experiencia que ha dejado la derrota de la iniciativa presidencial en el Congreso habla más del valor de la pluralidad y de la fortaleza de las minorías (223 de 500), como ocurrió en la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) en la votación para desestimar la acción de inconstitucionalidad contra la Ley de la Industria Eléctrica (4 de 11). 

iortizb@gmail.com

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