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Apostar a lo local

México es un país centralista pese a los esfuerzos de personajes como Prisciliano Sánchez y Ramos Arizpe, que durante la primera parte del siglo 19 lucharon por establecer límites al gobierno de la República a fin de permitir que cada entidad federativa se desarrollara acorde a su propia circunstancia.

Sin embargo, fueron las condiciones históricas de nuestro país las que propiciaron que tengamos un sistema que formalmente es federal, porque así lo establece la Constitución, pero que opera de una manera centralista, sin contar con las reglas institucionales que favorezcan un buen ejercicio del gobierno central.

El mejor indicador del centralismo mal regulado que padecemos es la Ciudad de México. Su enorme tamaño y los enormes problemas que eso le acarrea. Es decir, el hecho de que nuestra capital federal haya crecido tanto no es casual; por el contrario, es fruto de una intención sostenida a lo largo de más de 150 años para darle relevancia frente a las capitales de los estados más fuertes.

Es comprensible la apuesta centralista si tomamos en cuenta que en algunos estados siempre han existido tendencias separatistas. Sólo por mencionar una, está el intento de independencia de la península de Yucatán, del que se derivó la decisión de dividirla en tres entidades más pequeñas, siguiendo la estrategia de divide y vencerás.

Dicha estrategia es la que explica, en parte, la forma tan extraña del territorio de Jalisco, pues la Federación le recortó jurisdicción para limitar su poder e influencia, derivada del dinamismo que había manifestado ya como Virreinato de la Nueva Galicia, que le llevó a ser la primera entidad en declararse independiente de la Corona de España.

Con esto no quiero alimentar la idea de que nos independicemos, nada de eso. Lo que quiero es ayudar a que reconozcamos que la idea de que el centro debe resolver nuestros problemas nos paraliza en vez de dinamizarnos, pero también quiero poner en evidencia el centralismo jalisciense, que ha concentrado la mayor parte de los recursos en el Área Metropolitana de Guadalajara dejando, en consecuencia, a las demás regiones del estado en una situación muy precaria en muchos aspectos.

Lo ideal sería encontrar la manera de asignar los recursos de manera que desde lo local se puedan atender los problemas locales, pues es ahí donde puede encontrarse la creatividad y el interés genuino por atenderlos, además de que se conoce mejor el territorio y lo que ocurre en él.

Todo esto me lo planteo tras haber asistido en la Ciudad de México a la segunda Cumbre Nacional de Gobierno Abierto, que en esta ocasión se centró en el problema de la desigualdad, el cual, paradójicamente, es una consecuencia del centralismo al que me he venido refiriendo.

Y es que el centralismo genera un círculo vicioso: por un lado concentra recursos en un punto y hace que ese punto se vuelva atractivo para muchas personas, por lo que las personas con más recursos y preparación se trasladan a ese punto, dejando a la periferia sin recursos y sin gente, lo que hace que poco a poco vayan perdiendo capacidad para retener y atraer recursos.

Y como parte del círculo vicioso, la acumulación de personas y recursos genera, a su vez, problemas muy graves en lo relativo a la gestión territorial y de los bienes y servicios públicos, que se resuelven despojando de recursos a otras regiones.

Estas situaciones ameritan una discusión pública para ir encontrando los mecanismos para asegurar la supervivencia de las poblaciones que no habitan en el centro, lo que requerirá, por un lado, que esas poblaciones definan qué es lo que requieren, lo que a su vez implica que quienes habitamos en el centro tengamos la disposición necesaria para renunciar a algunos de nuestros privilegios a fin de poder emparejar la situación.

Nos encontramos frente a un dilema ético: ¿estamos dispuestos a renunciar a algunos privilegios o preferimos sacrificar a las personas más desfavorecidas?

protagoras_xxi@yahoo.com.mx

@albayardo

JJ/I