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¿Una nueva Constitución?

Hace algún tiempo, Agustín Basave, político mexicano que tuvo experiencia diplomática, compartió una anécdota en un foro celebrado en el ITESO. Comentó que, estando asignado a la embajada de Irlanda, se puso de acuerdo con funcionarios de aquel país con el fin de promover una reforma constitucional conjunta para que tanto México como Irlanda incluyeran en sus respectivas cartas magnas el compromiso de garantizar la existencia de banquetas con accesibilidad universal en todas sus ciudades.

Según Basave, todo iba bien hasta que, llegado el día del anuncio, lo llamó el funcionario a cargo de las finanzas irlandesas y le informó que no podrían seguir adelante con el evento debido a que no les alcanzaba el dinero. En un primer momento, el funcionario mexicano se sorprendió y pensó que se debía a que no disponían de dinero para llevar a cabo el evento, por lo que ofreció conseguirlo, pero entonces le aclararon que no se trataba de eso, sino de que revisaron sus finanzas y se dieron cuenta de que Irlanda no disponía de un presupuesto que le permitiera garantizar efectivamente la construcción de banquetas con accesibilidad universal en todas su ciudades y, por lo tanto, no podían incluir ese compromiso en su Constitución.

Agustín Basave concluyó su relato, con una sonrisa irónica, diciendo que los irlandeses pensaban de una manera muy extraña, porque primero hacían cuentas para ver si podían cumplir con un compromiso y sólo si era así, lo incluían en su Constitución. Y afirmaba que esto era raro porque en México se incluyen los compromisos del Estado en la Constitución y su cumplimiento queda al nivel de una aspiración.

Esa anécdota nos permite ver con más claridad dos deficiencias concatenadas de la forma en que los mexicanos concebimos una Constitución: asumimos que en ella podemos poner lo que sea, sin importar si es viable su cumplimiento o no y, por lo tanto, también asumimos que la ley se cumplirá si se puede, y si no, pues no. Y esto es lo que define nuestra cultura de la legalidad.

Lo anterior lo cuento porque, a raíz de la propuesta de refundar Jalisco, presentada por nuestro gobernador Enrique Alfaro, se da por supuesto que nuestro estado contará con una nueva Constitución, una que actualice el compromiso entre el pueblo y el gobierno de Jalisco, y esto me preocupa porque no he escuchado propuestas serias que recojan la moraleja de la anécdota de Basave.

De hecho, la experiencia constituyente más reciente en nuestro país, la de la Ciudad de México, me parece que es un buen ejemplo de lo que no debería ocurrir: en primer lugar, el proceso estuvo controlado todo el tiempo por la clase política, imponiendo a la mayoría de los constituyentes, y sólo se dejó un espacio relativamente pequeño para que los ciudadanos electos como diputados constituyentes intervinieran en la redacción de su Constitución. En segundo lugar, en un afán inclusivista, se incorporó a su texto todo aquello que alguien consideraba que era un derecho que se debería garantizar, sin considerar la posibilidad material de hacerlo. El resultado es una ley sumamente complicada, y que no es posible llevar a la práctica en su totalidad.

Considero que los problemas que actualmente enfrenta nuestro estado no se resolverán con una nueva Constitución, porque no ha habido un cambio en los acuerdos implícitos que rigen nuestra relación con la autoridad y entre nosotros. Pero, si fuera el caso, habría que pensar en una Constitución muy breve, en la que se estipularan los derechos que realmente se nos pueden garantizar, los valores que regirán la toma de decisiones públicas y la forma en que se coordinarán nuestras instituciones.

Todo lo demás debería estipularse en leyes que reglamenten lo pertinente, prohibiendo de antemano la validez de cualquier norma que fuera contraria al espíritu constitucional. Esto sin dejar de lado la necesidad de volver a elegir a todas las autoridades y funcionarios. ¿Eso queremos?

protagoras_xxi@yahoo.com.mx

@albayardo

JJ/I