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La banalidad del autoritarismo

Defender la democracia no es obra de héroes magnánimos; significa defendernos a nosotros mismos

Levitsky y Ziblat

 

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron Cómo mueren las democracias (2018), donde argumentan que las democracias se debilitan gradualmente debido a la erosión de las normas democráticas y de sus instituciones. Destacan la importancia de mantener el respeto a la independencia del Poder Judicial y la libertad de prensa, y advierten sobre la polarización política y la radicalización como factores que socavan la democracia.

En su nuevo libro, La tiranía de la minoría (2023), en su capítulo segundo –de donde tomé el título de esta columna– los autores reflexionan que los políticos comprometidos con la democracia o “demócratas leales” (DL) (Juan Linz dixit) tienen estos deberes: 1. Respetar el resultado de unas elecciones libres y justas, ganen o pierdan; 2. Rechazar, sin objetar, la violencia como medio para lograr objetivos políticos ambiguos; y, 3. “Romper con las fuerzas antidemocráticas”: quienes debilitan la democracia se asocian con demócratas “semileales” (DSL) (Linz dixit, de nuevo).

Por ello, deben expulsar de sus filas a los antidemócratas extremos, aún a costa de dividir a la base partidista; cortar todo vínculo con integrantes con conductas antidemocráticas, mientras que los DSL cooperan con los radicales; y, condenar sin rodeos la violencia política y otros comportamientos autoritarios (en períodos de extrema polarización, los DL resisten la tentación de tolerar o justificar estas posiciones); y, por último, cuando los DL unen fuerzas con otros partidos rivales para aislar y derrotar a los extremistas antidemocráticos, los DSL se niegan a trabajar con rivales ideológicos incluso cuando la democracia está en juego.

Esa es la banalidad del autoritarismo: los políticos que conducen el colapso de la democracia son arribistas ambiciosos que intentan conservar el poder a toda costa, mientras toleran conductas antidemocráticas porque es el camino de menor resistencia. Pero, en última instancia, se convierten en socios indispensables en la desaparición de la democracia.

Por otro lado, usan la ley como arma política: modifican la Constitución para debilitar la democracia. Todas las constituciones y las leyes tienen vacíos o ambigüedades: los políticos explotan esas lagunas de manera que distorsionen o subviertan el propósito mismo para el cual se redactaron dichos preceptos legales.

Son cuatro maneras en que lo hacen: 1. Explotar las rendijas: cuando la legislación no especifica que algo debe hacerse de cierta manera, surgen oportunidades que aprovechan los políticos y abusan de esas lagunas de tal forma que debilitan la democracia; 2. Uso excesivo o indebido de la ley (juicios políticos, denuncias, acusaciones fútiles); 3. Aplicación selectiva: “A los amigos, justicia y gracia; a los enemigos, la ley a secas”; y, 4. Guerra legal (lawfare): uso estratégico y abusivo del sistema legal con el fin de dañar o desacreditar a adversarios políticos.

Dicen Levitsky y Ziblatt que el retroceso democrático se produce gradualmente, a través de una serie de medidas que parecen razonables: nuevas leyes que en apariencia están diseñadas para sanear las elecciones, combatir la corrupción o crear un Poder Judicial más eficiente (¿les suena?).

Las acciones que está llevando a cabo el régimen de la 4T (Ejecutivo y Legislativo) no son con miras de mejorar la democracia, sino de socavarla. Ese es el objetivo del “plan c”: sin ambages, ahogar a la oposición (aunque a veces se ahoga solito) y debilitar al Poder Judicial.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I